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La Coctelera

COVABLOG, ARTÍCULOS DE COVADLO

SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE PRENSA E INÉDITOS DE LÁZARO COVADLO. (Este sitio se renueva con anárquica periodicidad. Se agradecerán los comentarios y casi todos serán bienvenidos... aunque la casa se reserva el derecho de admisión).

4 Marzo 2006

ESCRITO EN PLATA (NOSTALGIA DE BUENOS AIRES)


Sólo conozco una ciudad cuyos ambientes canallas y encanto bohemio, sumado al refinamiento cultural de los salones y de ciertos cafés, me permitan evocar a Buenos Aires: París. Por eso algunas veces he supuesto que la capital de Francia viene a ser la Buenos Aires de Europa. Tal vez también Julio Cortázar lo haya creído así; vivió buena parte de su existencia en París, y en dicha ciudad escribió relatos inolvidables. Muchos tienen por escenario los barrios de Buenos Aires.

En Historias de Cronopios y de Famas hay un cuento corto de Cortázar, Simulacros. Una familia estrambótica levanta un patíbulo en el jardín delantero de la casa y consigue escandalizar a los vecinos. Sucede en la calle Humboldt, del barrio de Palermo, que es un barrio muy extenso. Gran parte de la ciudad está formada por barrios de calles amplias y anchas aceras bordeadas de árboles, como si se tratase de una suma de aldeas más que un conglomerado urbano. La zona que describe Cortázar se conoce como Palermo viejo, y la calle Humboldt corre paralela a la avenida Juan B. Justo, una arteria kilométrica bajo la cual fluye, ceñido por un gran colector, el caudal del arroyo Maldonado. En una orilla fangosa de ese arroyo, cuando éste aún no había sido entubado, empezó a morir de una puñalada Francisco Real, que le decían el Corralero, y fue a soltar el último aire en el salón de Julia, un quilombo (burdel) “de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado”. Así lo cuenta Jorge Luis Borges en ese relato de antología, Hombre de la esquina rosada, de su libro Historia universal de la infamia. El cuento de Borges sitúa los hechos quizás a finales del siglo XIX, pero la familia estrafalaria que describió Cortázar posiblemente cometiera sus tropelías a mediados de los 40 del siglo que pasó.
Es una familia, la que inventa Cortázar, que enloquece a los vecinos: sus integrantes un día copan el funeral de un muerto ajeno (Conducta en los velorios) y otro se apoderan de la oficina de correos de la zona, situada en la calle Serrano (Correos y telecomunicaciones). A ese sector de lo que era Serrano lo han llamado calle Jorge Luis Borges. Se llama así a partir de la plazoleta Cortázar, actualmente rodeada de cafés y restaurantes frecuentados por diletantes, bohemios de lujo, artistas y amantes de la diversión. En otro extremo del barrio, lindando con el barrio de Almagro y la zona Norte, hay otra plazoleta cercada de locales de similar ambiente, pero más sofisticados. Todo el mundo la llama plaza Freud, y a nadie le importa su denominación oficial. A los alrededores se los conoce como Villa Freud, porque concentran la mayor proporción de psicoanalistas en una ciudad que los ha exportado a medio mundo. Por allí cerca vive el escritor Rodolfo Enrique Fogwill, con quien me encontré una noche veraniega de 1997. El autor de Cantos de marineros en La Pampa me invitó a una pizzería y después tomamos whisky en el café Freud. Del otro lado de la plaza está la competencia, el café Jung. ¿Qué otro rótulo podía llevar?

Avistando a Borges desde un café
Pero volvamos a la plazoleta Cortázar y a la continuación de la calle Serrano. En una casona de esa arbolada arteria, que ahora lleva su nombre, vivió Borges hasta que se trasladó a Europa con sus padres y su hermana, a la edad de trece años. Allí regresó después de los veinte, pero el barrio ya no le pareció el mismo, y lo lamenta con estos versos de su libro Luna de enfrente, escrito en 1925: “Calle Serrano/ Vos ya no sos la misma de cuando el centenario/ Antes eras más cielo y hoy sos puras fachadas”.
De cualquier modo, parece claro que en el recuerdo del autor de El libro de arena, en ese barrio de Palermo situó su patria más entrañable. Un territorio que circunscribe en su poema Fundación mítica de Buenos Aires, de Cuaderno de San Martín, escrito en 1929. “La manzana pareja que persiste en mi barrio:/ Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”
Sin embargo, de mayor Borges fue a vivir con doña Leonor Acevedo, su madre, a la calle Maipú, en el centro de la ciudad. Entonces ya era director de la Biblioteca Nacional, que a la sazón se hallaba en un caserón colonial del barrio de San Telmo, y ahora tiene un gran edificio de diseño arquitectónico en la zona norte. Lo vi pasar muchas tardes, con su paso de ciego, por la esquina del café donde yo solía repostar: Maipú y Paraguay, a cien metros de la calle Florida y a otros cien de la elegante avenida Santa Fe.
Si volvemos a la plazoleta Cortázar, y retomamos la calle Serrano (el sector que conserva su antiguo nombre), nos adentraremos en el barrio de Villa Crespo, en el que desde principios del pasado siglo se afincaron emigrantes judíos provenientes de Rusia y Europa Central, árabes y armenios. Si caminamos unas diez manzanas por esas aceras anchas, bajo las copas de árboles frondosos, llegaremos al fin a la renombrada avenida Corrientes. Claro que la avenida Corrientes de Villa Crespo, aunque es la misma que comienza casi en el puerto y atraviesa el centro, no es la Corrientes famosa de los teatros, las salas de cine, las librerías abiertas hasta la madrugada y los restaurantes. Esta parte de la avenida Corrientes, aunque también posee comercios y algunos cafés y casas de comida, tiene el carácter de una avenida de barrio. Yo la quiero porque allí viví un tercio de mi vida (allí fueron a parar mis abuelos, judíos provenientes de Rusia), pero todos los días tomaba el subte, que así es como llaman al metro los porteños, y me evadía hacia el centro, hacia la Corrientes bulliciosa y más divertida que empieza después de cruzarse con la avenida Callao.
La parte de la avenida Corrientes de Villa Crespo, hasta la década de los 30 del pasado siglo, se denominó Triunvirato. Por ese sector, a unas cuadras del arroyo Maldonado, habían puesto una tienda los padres de Santiago Fischbein, personaje de otro cuento de Borges, El indigno, del libro El informe de Brodie. Si avanzamos por esta avenida y atravesamos Juan B. Justo, bajo la cual discurre el arroyo, si continuamos andando unas diez manzanas, llegaremos al gran portón de entrada del mayor cementerio de Buenos Aires; tal vez la necrópolis más grande de América del Sur: el Cementerio de La Chacarita, donde, entre tantos miles de finados yacen Carlos Gardel y el general Perón. Allí nace la avenida Federico Lacroze, por la que podemos andar un par de kilómetros hasta la avenida Cabildo y luego seguir otro par o tres de kilómetros por esas calles interminables hasta llegar al barrio de Saavedra, en el límite de la ciudad y tan alejado del centro que algunos lo conocen como Siberia. Allí transcurre la trama de El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares, quien no ha sido inhumado en La Chacarita, sino en el Cementerio de los monjes recoletos, más renombrado como La Recoleta, “Aquí es pundonorosa la muerte”, dice Borges, en el poema que dedica a ese camposanto donde reposan aristócratas y próceres de la patria. Se da la circunstancia de que Bioy Casares vivió la mayor parte de su vida en este barrio, al que también se lo denomina la Recoleta, aunque, más propiamente, es el barrio del Pilar, y queda a unos diez kilómetros de distancia de Saavedra.
Yo vi por primera vez a Bioy Casares a mediados de los sesenta, cuando él cenaba con su mujer, Silvina Ocampo (hermana de Victoria), en Angiola, un restaurante económico que servía buenos pescados y pasta al dente. Angiola estaba en el barrio, bajo la recova, donde el Buenos Aires bacan, del dinero y la gente bien, limita de noche con la urbe canallesca. El establecimiento ya no existe, pero en su buena época era frecuentado por artistas, bohemios, playboys y aristócratas. Bioy residía a pocos pasos, en un piso de la muy exclusiva calle Posadas (número 1650, que sumándolos da primero el 12 y finalmente el 3, me dijo en una ocasión: “La Trinidad y los Discípulos de Cristo”. Era agnóstico, pero le gustaban estos juegos). Antes había vivido en una mansión de la avenida Quintana, 174 (siempre el 12 y el 3; siempre en el mismo barrio). Fue por causa de esa procedencia social y geográfica, que quienes me acompañaban en mi mesa hablaron de él con términos despectivos. Bioy, las hermanas Ocampo, Borges, Mujica Lainez y toda esa “calaña encopetada” monopolizaba la cultura nacional, dijeron ellos, que eran unos izquierdistas de pacotilla con revista literaria de un solo número. Pero Bioy hacía casi tres décadas que había publicado La invención de Morel, y yo lo admiraba.

Solitario Sábato
La revista literaria de un solo número tenía por nombre Letra podrida, y se suponía que era el colmo de la rebeldía en cuestiones culturales. Confieso que inventé el título y les ayudé a pergeñarla. Nos reuníamos en un bar céntrico, el Florida, en la calle Viamonte, a cien metros de la famosa calle Florida, próximo también al domicilio de Borges. A mí me gustaba asistir a ese bar porque entonces era muy joven y el ambiente resultaba propicio para ligar con chicas de la Facultad de Filosofía y Letras, que se encontraba a cien metros. Allí lo veía con frecuencia a Ernesto Sábato, quien hacía tiempo que era un escritor famoso, por eso me parecía extraño que casi siempre estuviera sentado solo a una mesa. Creo que a Sábato le gustaban el bar y esas calles céntricas, aunque gran parte de la trama de su novela más conocida, Sobre héroes y tumbas, transcurre en otro lado de la ciudad, en el barrio de Barracas, donde tiene lugar la tragedia central de la novela. Cerca de allí está el parque Lezama, escenario del encuentro entre Martín y Alejandra, personajes principales de la historia. En aquellas lomas el adelantado Pedro de Mendoza fundó Buenos Aires, en 1536. Cerca está el Riachuelo, ese río cubierto de petróleo en cuyas orillas perduran cadáveres de viejos barcos cargueros. El estadio del club Boca Juniors no queda lejos. Osvaldo Soriano vivió en el barrio hasta su muerte, acaecida en 1997. Sin embargo, el autor de No habrá más penas ni olvido era forofo de un club rival: San Lorenzo de Almagro.
Un par de veces me acerqué a Sábato, en el bar Florida, y en ambas lo encontré receptivo. Me habló del gran Witold Gombrowicz, y de su excelente novela Ferdydurke, para la cual Sábato había escrito un prólogo destinado a su primera edición en castellano. El escritor polaco había vivido 24 años en Buenos Aires, pero era un desconocido para casi todos. Esto escribió Gombrowicz en su diario de los años 1953-1956: “Camino por la avenida Corrientes, solo y desesperado. Delante de mí no veo esperanza alguna. Se me está acabando todo, no consigo iniciar nada. ¿El balance? Después de tantos años de esfuerzos, ¿quién soy? Un oficinista rendido por siete horas diarias de darle vueltas a la noria, ahogado en todos sus proyectos literarios. No puedo escribir nada, fuera de este diario, porque cada día durante siete horas cometo el asesinato de mi propio tiempo”.
Otro exiliado ilustre, que vivió en Buenos Aires 27 años (a la distancia de una calle del Congreso de la Nación), fue el genial Ramón Gómez de la Serna, quien nunca quitó de la esfera de su reloj la hora de Madrid. El inventor de las Greguerías, veterano conferenciante, sabía tomarse la vida con humor, por eso escribió: “Sabido es que la Argentina es la primera consumidora de conferenciantes del mundo”.
Y vuelvo a Bioy Casares para decir que lo abordé una tarde en el bar La Biela. Él acababa de publicar Diario de la guerra del cerdo, y aunque conocía su fama de tímido me acerqué a saludarlo. Me invitó a su casa, a la que entré una tarde de lluvia. Me mostró el único ejemplar que poseía de su primer libro: Prólogo. También me presentó a su mujer y a su única hija, Marta. Ellas dos, al igual que Bioy, yacen ahora en el cementerio de la Recoleta, y justo enfrente está La Biela. Frecuento ese bar de la avenida Quintana cada vez que visito Buenos Aires. El establecimiento, que se inauguró en 1850, era visitado en la década de los cincuenta por fanáticos del automovilismo. En la actualidad es el lugar de cita de intelectuales, artistas y políticos. Los parroquianos opinan que es el motor de la vida social del barrio, pero en los últimos años han brotado en la vecindad decenas de otros bares y restaurantes. Todos en torno al parque, cuyo mítico gomero con una copa de enorme diámetro causa asombro. Los fines de semana hay feria artesanal, músicos y payasos espontáneos. El bullicio de la zona es permanente. Los muertos del cementerio de enfrente gozan de alegre y festiva compañía.
Desde La Recoleta es posible adentrarse en el barrio Norte por la calle Guido. La mayoría de los vecinos son medianamente adinerados, algunos más que otros. Esta arteria se junta con la calle Talcahuano, en la que había instalado su librería don Santiago Fischbein, el personaje del relato El indigno, en el que le refiere a Borges un hecho vergonzoso de su juventud, en el barrio de Villa Crespo, junto al arroyo Maldonado. Borges no especifica a qué altura de Talcahuano se encontraría la librería de Fischbein, pero me gusta imaginar que sería cerca de Lavalle. Si caminamos en dirección al río y atravesamos la avenida 9 de Julio, de la que los porteños se enorgullecen porque tal vez sea la más ancha del mundo, nos encontraremos en el sector que hasta los años ochenta fue conocido como “la calle de los cines”. Había una sala al lado de otra, hasta llegar a veinte. Ahora los sustituyeron casas de máquinas de juego, y la calle es frecuentada por el lumpen urbano.
Pero volvamos por Lavalle y, al atravesar de nuevo la 9 de Julio contemplemos el famoso obelisco, a una manzana de distancia. Continuemos por esta calle otras once manzanas y llegaremos a la intersección con la calle Junín. En los alrededores perduraron, hasta finales de los años veinte, los lupanares de la organización prostibularia de judíos polacos conocida como Zwi Migdal. Los buenos judíos burgueses lidiaron con ellos hasta lograr que desaparecieran, aunque en realidad se trasladaron a Brasil. El premio Nóbel Isaac Bashevis Singer nombra a esta calle y a sus rufianes de entonces en la novela Escoria, pero fue el escritor y periodista francés Albert Londres, desaparecido en alta mar en 1932, quien mejor trató el tema. En Los siete locos, la imprescindible novela de Roberto Arlt, autor que tanto aprecia Enrique Vila-Matas, aparece el personaje de Haffner: el Rufián melancólico, uno de esos héroes imperecederos de la literatura. Haffner bien podría haber integrado la Zwi Migdal, aunque antes fue profesor de matemáticas. “Con mi cátedra iba viviendo, cuando en un prostíbulo de la calle Rincón encontré una noche a una francesita que me gustó”, dice.

No es oro todo lo que reluce
En la calle Rincón, en la esquina con la avenida Rivadavia, estaba el renombrado café de Los Angelitos. “Café de los Angelitos, de Rivadavia y Rincón”, canta el tango. La avenida Rivadavia tiene fama de ser la más larga del mundo, así como la 9 de Julio la más ancha. Apunta al oeste, y se interna en la provincia de Buenos Aires. Los barrios que atraviesa en su huída de la ciudad, muchos de los cuales glosó Arlt en Aguafuertes porteñas y en su novela autobiográfica El juguete rabioso, son El Once, Almagro, Caballito, Flores y Floresta. En Flores habita César Aira, y muchas de las ficciones del autor de Ema la cautiva y Cómo me hice monja transcurren en dicho barrio. Si volvemos por esta avenida en dirección al centro nos toparemos con la Plaza de Mayo, circundada por el Cabildo, la Catedral, el ministerio de Economía y la Casa Rosada, que es la sede de la presidencia. Por esta plaza desfilan desde hace años las madres de los desaparecidos y asesinados por la dictadura de los generales. Las huellas de la tragedia y el crimen permanecen, y nos recuerdan que no todo es radiante en la ciudad que algunos llamaron “la París de América”, aunque yo prefiera suponer que París es la Buenos Aires de Europa. Si continuamos andando un poco más llegaremos a la orilla del inmenso río: “¿Y fue por este río de sueñera y barro/ que las proas vinieron a fundarme la patria?”, escribió Borges. El Río de la Plata, cuyas aguas vienen cayendo desde el trópico. El río que inspiró a Gardel y le hizo cantar “Buenos Aires la Reina del Plata/ Buenos Aires mi tierra querida...”

Publicado en la revista QUÉ LEER, número 58, septiembre 2001

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4 Marzo 2006

DICEN QUE SUCEDIÓ: CONDESA Y REVOLUCIONARIA (MARIE D' AGOULT, LA AMANTE DE LISZT)

Marie d' Agoult, condesa de Flavigny –también conocida como Daniel Stern–, autora de la novela Nélida (1846) y Ensayo sobre la libertad, acaso no haya sido escritora de gran talento, pero tuvo fuerte personalidad. Fue dama de compañía en la corte de Luis Felipe. En su salón parisino, se reunían Victor Hugo, Chopin y Frank Liszt, de quien se hizo amante. Tuvieron cuatro hijos; la menor, Cósima, fue esposa de Von Bülow y de Richard Wagner. Confraternizó con los revolucionarios y escribió Cartas republicanas e Historia de la revolución de 1848.
Cuando su marido, coronel de caballería, la sorprendió en brazos de Liszt, ella gritó: “No pasa nada, mon cherie; esta yegua cambia de jinete”.

EL PERIÓDICO, (Barcelona)
21 de abril del 2000

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18 Febrero 2006

DICEN QUE SUCEDIÓ: ONANISTAS AL PODER

Ramón Gómez de la Serna, que residió en Argentina desde 1936 hasta que murió, en 1963, era sin duda alguna de muy agudo ingenio. Cierta tarde, el portero del edificio de apartamentos del centro de Buenos Aires, donde el autor vivía con su esposa, la escritora argentina Luisa Sofovich, muy preocupado le hizo una confidencia:
-¿Sabe?, don Ramón, fui al médico porque ultimamente no podía cumplir con mi mujer. Pues va el doctor y me pregunta si de joven fui onanista.
-¿Y tú qué le contestaste?
-¡Yo qué sé qué cosa es eso, don Ramón! Le dije la verdad: que fui socialista.
-¡Pero qué has hecho, hombre! –soltó el autor de las Gregerías– ¿Cómo te las arreglarás si los onanistas suben al poder?
EL PERIÓDICO, 14 de abril, 2000
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18 Febrero 2006

ESCALAS CÓSMICAS

El futuro es incierto. También las épocas pasadas, pero el tiempo venidero más aún. El tránsito de Venus frente al disco solar debe de haberse producido el pasado martes 8 de junio. Lo pongo de forma condicional porque escribo este texto un día antes y no tengo ninguna seguridad de que mañana siga existiendo el Sistema Solar. Ni siquiera sabemos si el universo todo continuará en nómina Divina o pueda haberse contraído o expansionado repentinamente merced a una catástrofe que excediera cualquier humana imaginación.
Pero vamos a suponer que los objetos celestes de diverso tamaño, con o sin vida inteligente e incluso estupidizada (como la de nuestro planeta, que de todo hay en estos arrabales galácticos) proseguirán fieles a la tradicional y muy decente mecánica giratoria. En tal caso muchos fisgones de la astronomía tal vez podremos observar un punto negro en la cara del sol. Digo “tal vez” más que nada por mí: ¿qué seguridad tengo de seguir con vida el día de mañana? El futuro es incierto.
Pegados a Sitges hay unos cerros muy accesibles que pertenecen al Macizo del Garraf. Toda esa zona no está nada mal para la práctica de un senderismo modesto pero igual de saludable que subir el Aneto. Además, si vives en las cercanías y dispones de escaso tiempo puedes ir y volver en pocas horas. Yo los frecuento los fines de semana y, entre caminata y caminata, procuro llenar los pulmones de oxígeno y prepararme para mis incursiones veraniegas al Pirineo o los Picos de Europa. Se trata de un buen lugar para observar las estrellas en las noches sin nubes y para contemplar la Blanca Subur, durante el día, y creerse en las alturas. Puede que me instale allí mañana (es decir el pasado martes 8) para observar el tránsito de Venus. La última vez que se dio semejante escándalo fue en 1882, y no queda con vida nadie que lo haya visto. Yo sigo vivo mientras escribo este artículo que contribuirá a la alimentación de mi prole. ¿Y mañana qué?
Hace un momento paré de escribir para mirar el diccionario. Buscaba el término “inmensidad”. Mi vista topó con un bicho diminuto que circulaba por la página a la altura de la “a” de inmensidad. En el blanco de esa letra permaneció quieto un instante. Era apenas visible, poco más grande que una mota de polvo. Franqueó el trazo negro de la “de” y bajó hasta posicionarse en la “a” de “lat.” “Del lat. Inmensĩtas,-atis” Hubiera hecho falta veinte como él para llenar el espacio vacío de la “a”. Soplé suave y empezó a correr entre las letras: “Infinitud de la extensión; atributo de solo Dios, infinito e inconmensurable”. ¿Sabría el bichito de las impresionantes nociones que recorría con sus pequeñas patas?
Si leen este texto significará que el universo aún existe y ustedes siguen vivos. No es seguro que yo lo esté, pero, de estar muerto, sería comparable a esas estrellas lejanas cuya luz nos llega millones de años después de su desaparición. ¿Y el bichito qué?
EL MUNDO, 11 de junio de 2004
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18 Febrero 2006

SI TUVIERA UNA PATRIA SERÍA LA DUCHA

Los aviones que aterrizan en el Prat con frecuencia llegan desde el sureste, en trayectoria paralela a la orilla del mar. Sobrevuelan Sitges y el macizo del Garraf, y algunos días claros, al volver desde cualquier punto de España u otras partes del mundo, pude ver desde las alturas el rojo tejado de mi casa. Es una sensación extraña la de encontrarse a unos kilómetros de altitud de las personas que quieres. Tú observas por la ventanilla el cuadradito bermellón, perdido en una suerte de hormiguero, y sabes que en ese reducido perímetro se hallan reunidos los tuyos. ¿Qué estarán haciendo en ese momento? Puede que mi mujer esté pintando, o leyendo una novela, mientras dos de mis hijos siguen aferrados a la consola de juegos. Acaso no hagan nada de eso, porque todo lo que no ves sólo está en tu imaginación. Si cualquiera de ellos mirara hacia el cielo no sabría que voy en el avión y miro hacia abajo sin distinguir detalles ni personas. Sólo imagino.
Allí debajo cohabitan y se mezclan (todavía en paz, y esperemos que sigan así) miembros de numerosas tribus. Puede que entre el gentío algún exaltado exhorte al boicot contra los que no son de su estirpe o, contra los que aun siéndolo no comulguen con sus ideales patrióticos; a hacerles la vida imposible; a divertirse hasta morir en una guerra a cara descubierta, a exterminarnos. Pero quiero creer que nada de eso sucederá. Me digo que no estamos en Ruanda, en 1994, y nunca llegará la hora de los machetes. Sin embargo, cuando veo que mi vecina de asiento hace la señal de la cruz momentos antes de aterrizar, pido en mi fuero interno que el sortilegio sirva también para conjurar la furia de los macheteros.
Sabedor de que me importa un bledo el tema de las preeminencias idiomáticas, un amigo me dice que la lengua es la patria de los escritores. Algo parecido sostuvo el gran Fernando Pessoa, pero no estoy de acuerdo. Para mí la lengua sirve sobre todo para gustar helados y, más que nada, llevar a cabo deliciosas procacidades con las personas que te atraen sexualmente, siempre que te correspondan. No soy patriota de ninguna patria, palabra que se me antoja algo obscena en vista de la sangre que se ha derramado en su nombre. De todos modos, si tuviera que elegir una patria, la mía sería la ducha, que es el lugar en el que nacen la mayoría de las historias que termino volcando al papel. Así se lo hice saber a mi amigo. Ahora, eso sí: jamás daría la vida por mi ducha.
El verano es tiempo verbenero, pero de noche yo salgo al jardín con un vaso de Jack Daniel’s y un cigarrillo de los míos. Me da por mirar las estrellas y pensar en lejanías; en potentes soles que desde nuestra pequeñez vemos como puntitos, a pesar de que irradian trillones de toneladas de energía. Viene mi mujer y prende la luz del jardín. Ya no veo las estrellas. Medito entonces sobre el fenómeno de que las luces débiles, pero cercanas, te impiden ver los grandes soles.

EL MUNDO, 8 de julio de 2005
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18 Febrero 2006

LA MUERTE DE BIOY CASARES EN EL CENTENARIO DE BORGES

ESA CALAÑA ENCOPETADA

La primera vez que le vi, Bioy Casares cenaba con su mujer, Silvina Ocampo, en Angiola, un restaurante económico que servía buenos pescados y pasta. Angiola se encontraba bajo la Recova, entre Callao y Rodríguez Peña, donde el Buenos Aires bacan, el del dinero y la aristocracia, limita de noche con la urbe canallesca. Bioy, claro está, bajaba a pie desde la zona más bacana: residía a pocos pasos, en un piso de la calle Posadas (número 1650), que sumándolos da primero el 12 y finalmente el 3, me dijo en una ocasión: “La Trinidad y los Discípulos de Cristo”. Era agnóstico, pero le gustaban esos juegos. Antes vivió en una mansión de la avenida Quintana, 174 (siempre el 12 y el 3).
Fue por causa de esa procedencia social y geográfica, que quienes me acompañaban en mi mesa hablaron de él con términos despectivos. Bioy, las hermanas Ocampo (Silvina y Victoria), Borges y toda esa “calaña encopetada” monopolizaba la cultura nacional, dijeron ellos, que eran unos izquierdistas de pacotilla con revista literaria de un solo número y nula producción individual (hace tiempo que cayeron en el olvido). Pero Bioy hacía casi tres décadas que había publicado La invención de Morel, y yo lo admiraba.
No volví a verlo hasta dos años más tarde, cuando la publicación de Diario de la guerra del cerdo. Esa vez lo encontré en el bar La Biela y pese a saber que era tímido me acerqué a saludarlo. Me invitó a su casa, a la que entré una tarde de lluvia. Me mostró el único ejemplar que poseía de su primer libro: Prólogo. También me presentó a su mujer y a su única hija, Marta, ambas fallecieron a principios de los 90. El Angiola también desapareció

El Periódico, 10 de marzo de 1999
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18 Febrero 2006

BORGES Y YO

En Buenos Aires, hace más de veinte años, cierto conocido presentador de radio y televisión, muy culterano y muy partidario de Borges, consiguió que éste y Bioy Casares lo visitaran en su casa y accedieran a conocer su nutrida biblioteca. Al volver a la calle, con fingido asombro Borges comentó: “Nunca he visto no leer tantos libros”.
Una característica de estilo del autor de El aleph es su propensión a destacar las omisiones, las lagunas del tiempo, las inexistencias... En el cuento Funes el memorioso hay estos párrafos: “Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él”.
Eso mismo se ha hecho con Borges: cada quisque que alguna vez se cruzó con él dio su testimonio y no se privó de registrarlo en letras de molde. Al parecer, Jorge Luis Borges se trató con más gente que Gardel y el Papa sumados. Por mi parte, en imitación del estilo del maestro, diré que lo más destacable del trato personal entre él y yo es que éste nunca existió. Yo lo conocía y lo había leído, claro que sí, pero es seguro que él jamás oyó hablar de mi persona. Puedo decir que más de diez mil veces no lo vi, y en las tres ocasiones en que —en una esquina donde yo bebía café y miraba la calle a través del ventanal de un bar cercano a su domicilio— él pasó por mi lado con su prudente y lento andar de ciego, aunque iba solo no me atreví a hablarle. ¿Qué habría podido decirle que estuviera a la altura de su genio? ¿Qué habría podido decirme que superara el esplendor de su escritura? Quienes no lo han querido dicen que algunas veces metía la pata. Puede que sus boutades no siempre fueran felices. Por las dudas nunca lo traté (como tampoco traté a Kafka y a Flaubert), pero más de cien veces lo leí y lo releí. Así que nunca dejó de ser mi maestro.

EL PERIÓDICO, 12 de noviembre de 1999

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10 Enero 2006

OBJETOS SEXUALES

Antes de ingresar en lo coyuntural vaya por delante una reflexión; un intento de que lo efímero y banal no enturbie el pensamiento subyacente. Arranco con Caballero Bonald, José Manuel: «Somos el tiempo que nos queda». Lo cité en un texto anterior, y, aunque título de libro de poesía, considero la frase, per se, como la exacta definición del Ser. Continúo con Borges, Jorge Luis: «El tiempo es la sustancia de que estoy hecho». (Nueva refutación del tiempo, Otras inquisiciones) Ya veremos cómo, estas abstracciones conectan por debajo, muy por debajo, casi a nivel de la red cloacal, con la anécdota de las chicas del Gobierno luciendo modelitos ante el frontispicio del Palacio de la Moncloa para solaz de las lectoras de una revista de modas. Así que dejamos ya la metafísica y entramos de lleno en la fugaz y tontorrona actualidad (aunque el hecho ya está huyendo de la actualidad), tal como exige Mercurio, dios de ladrones, comerciantes y mensajeros. O sea: periodistas.
En lo que atañe a este escriba, que las señoras ministras salgan fotografiadas en el Vogue, el Playboy o Mundo Canino, es cosa que se la suda, como dicen los chicos de ahora. Le importa un pimiento si tienen de fondo la Moncloa, el Partenón o el portal de un geriátrico (tal vez se me ocurre lo del geriátrico porque pienso que les queda menos tiempo por delante que cuando estaban en el llano, o que la sustancia del tiempo las está recocinando, como a todos).
Lo que este escriba no alcanza a comprender es la recriminación, por parte de progres y feministas (algunas, no todas), referente a que estas damas pudieran ser tomadas por objetos sexuales, tal que muñecas hinchables, vibradores o bolitas chinas. Porque digo yo, ¿qué tiene de malo ser objeto sexual? Qué más quisiera uno que ser objeto sexual, como Brad Pitt o Tom Cruise, pero es que pasados los sesenta se te pone difícil. Ya lo es después de los cincuenta, y gracias aún si se puede ser tomado como objeto sexual por la propia señora de uno, que ésta sí lo es para un servidor y no se queja, más bien lo contrario, y en todo caso (dice ella) se lamentaría si se diera la situación de una conocida, que como está sobrada de peso y le falta garbo, añora las concupiscentes miradas masculinas, por lo cual arguye que pasados los cuarenta una es invisible (el tiempo, el implacable paso del tiempo). ¿Invisible? Nadie es invisible fuera de la célebre ficción de H.G. Welles. Menos si el cuerpo es voluminoso, que interfiere más si cabe con las ondas de luz que impresionan los fotorreceptores de la retina. Así que algunas se quejan de ser objetos sexuales y otras de invisibilidad, y todo por causa de la erosión del tiempo, que corroe la sexualidad de cualquier pretérito objeto sexual. El tiempo, que según Borges es la sustancia de que estamos hechos. Ahora, yo creo que también nosotros somos la sustancia que hace al tiempo. Mediten.
¡Quién fuera objeto sexual! Reflexionen también sobre este deseo.
EL MUNDO 3/9/2004

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A barriga llena, corazón hambriento. A buen entendedor, no le hacen falta palabras. A cada cerdo le llega su Bolívar. A la tercera va cuarta. A quien madruga, Dios le hace pasar sueño y frío. A rey muerto, presidente puesto. Al mal tiempo, paraguas y chubasqueros. Ladran Sancho, se ve que no son gatos. Lo bueno, si breve, pues dos veces breve.

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