LA MIRADA DEL OTRO
Me han contado que no hace mucho, en una clínica de México D. F., un paciente intentó amputarse los pies con una sierra de cortar metales. Cuando se lo impidieron les refirió a los psiquiatras su temor de que al dormirse lo atacaran los dedos. Al encontrarse descalzo, en la cama, el hombre tenía por costumbre observarlos largamente. Los veía contraerse y erguirse al unísono y no tenía
conciencia de que tales movimientos partieran de su voluntad. Los espiaba como a una fila de feroces soldados formados por orden de estatura. Las uñas se le antojaban rostros amenazantes. El pequeño tamaño de esos seres extraños que vivían pegados al último extremo de su cuerpo no atenuaba la sensación de peligro. Eran animales ajenos a él; no pertenecían a su verdadero yo: eran parte de los otros.
Los otros son todos los demás. Son aquellos rostros desconocidos que nutren la multitud humana. Otro es aquel que se aproxima en la noche desde la dirección contraria, en una calle solitaria, y nos teme y nos induce a temer. Otros son los pasajeros que comparten con nosotros un viaje en tren, y aquel que reconocemos y saludamos también es otro, pero otro más cercano a nuestro yo. Más cercanos son nuestros compañeros de trabajo, y más todavía nuestros amigos, y nuestros parientes, pero también ellos son otros. Sólo yo no soy otro: lo sé al mirar mis extremidades, al tocarme, al observar mi imagen en el espejo. Es yo, no es otro, ¿o acaso hay también otro en mí? ¿La imagen del espejo da cuenta verdadera de mi yo? ¿El retrato de Dorian Gray lo representaba, o esa tela era tal vez otro?
Cuello de gatito negro es el título de un relato de Julio Cortázar en el que una muchacha padece su propio problema con los dedos. A diferencia del enfermo de México, estos dedos son los de la mano. Las manos poseen su particular intencionalidad, ajena a los mecanismos volitivos de Dina, la chica del metro, que al ver cómo sus dedos van al encuentro de la mano de un extraño que aferra la suya al mismo pasamano, no puede menos que quejarse: «Es siempre así, no se puede con ellas». Las manos le son ajenas. Son otras.
El infierno son los otros, pero, ¿cabe la posibilidad de que el otro anide en nuestro interior?, ¿que una parte de nuestro ser haya sido invadida por una suerte de íncubo o súcubo o cualquier otro grotesco invento de la fantasía? Algo de eso surge de El malestar en la cultura, de Freud, y todas esas teorías acerca de “el doble”, “la sombra”, la co-habitación y demás. Sin embargo, como escritor de ficciones prefiero tomar distancia de tales lecturas contaminantes, no porque descrea de las teorías que ellas enuncian, sino por el hecho de que las pautas del discurso conceptual, derivado de las mentes más agudas, suele entorpecer el ímpetu de la propia creatividad. Prefiero observar los indicios de desdoblamiento en mi propia conciencia y en la conducta de aquellos con quienes me cruzo en esta vida. Escucho los alterados y confusos parlamentos de los vagabundos callejeros, sus peroratas aparentemente inspiradas en una razón ajena a la de la mayoría, casi todos ellos alcoholizados y huraños. Los observo gesticular, discutir a grandes voces con un interlocutor invisible al que dedican duros insultos y maldiciones. ¿Qué ofensas les recriminan a esos fantasmas que habitan en el pasado y residen en el interior de la conciencia? ¿Quiénes son aquellos otros que todos llevamos con nosotros? ¿Son amigos o enemigos de otro tiempo? ¿Son familiares: hermanos, padres? ¿Algún amor desdichado? ¿Cómo puede ser que se hayan enganchado a la memoria para incordiar, como un chicle pegado a la suela del zapato? ¿Son los otros o son parte de nuestro ser?
El infierno son los otros, proclama Sartre por boca de uno de sus personajes en la obra teatral A puerta cerrada. Lo descubre Garcin, el cobarde
que finge ser valiente. Antes de eso otro personaje, Inés, manifiesta: «el verdugo es cada uno de nosotros para los otros».
¿Somos todos verdugos reales o potenciales? ¿Son aquellos con los que convivimos nuestros verdugos probables?
El infierno son los otros; el infierno es la mirada del otro, que supedita tus actos, los reprueba, los aplaude, los menosprecia. La física cuántica enseña que en el plano microcósmico la mirada del observador condiciona la conducta del objeto observado. ¿La mirada ajena gobierna nuestras acciones al igual que el pastor conduce el ganado al corral? Pero el otro, salvo para los insanos como el automutilador de México D.F, por lo común está fuera del cuerpo. ¿Quién es el otro? ¿Quién es yo? Porque si mi yo es mi cuerpo, si mi amputan un miembro soy menos yo. ¿Es mi yo también las prolongaciones del cuerpo? ¿Son mis gafas partes de mi yo?, ¿lo es el nuevo implante dental? ¿Y el teléfono móvil?, ¿y qué de mi nuevo ordenador, con el que comparto tantas horas de mi vida? ¿Dónde acaba mi yo y empieza el otro? ¿Mi mujer es el otro por tener su propio cuerpo, independiente del mío? ¿Qué pasa cuando nuestros cuerpos se funden, se abrazan, se ensamblan y se mezclan los jugos más íntimos? ¿Sigo siendo el otro para la otra, sigue la otra siendo otra para mí? ¿Cuál es la gradación que determina la alteridad? Porque podría pensar que los extranjeros son los otros y los propios son menos otros; pero podría suceder a la inversa, y en último extremo, a fuer de hallar los otros en cualquier sitio, al igual que el demente de México podría llegar a creer que parte de mi cuerpo me es hostil. ¿Es el vasco el otro? ¿Lo es el catalán, lo es el moro? ¿Está el otro en mi interior como esa sombra, como ese doble al que se refiere el psicoanálisis? El otro es mister Hyde, el otro es el doctor Jekyl, o como en la película de Amenabar, los otros son los vivos para los muertos y los muertos para los vivos.
El infierno son los otros. Y también el cielo, que puede estar en la mirada del otro: del que te ama, del que se complace en la visión de tu cuerpo y de tu rostro. Es la mirada buscada: «Mírame mamá», reclama el niño, ansioso de que la madre sea testigo de sus hazañas. La mirada del otro, benévola o amenazante, admirativa o asqueada, llena de deseo o cargada de rencor, es la mirada que confirma que estás vivo.
EL MUNDO, 15 de octubre de 2004

entendedor, no le hacen falta palabras. A cada cerdo le llega su Bolívar. A la tercera va cuarta. A quien madruga, Dios le hace pasar sueño y frío. A rey muerto, presidente puesto. Al mal tiempo, paraguas y chubasqueros. Ladran Sancho, se ve que no son gatos. Lo bueno, si breve, pues dos veces breve.
Raquel dijo
Thank you gracias for mandarme este articulo es divino me encanta, como se dan cuenta vivo aqui en USA muchos anos y hablo Spanglish pero soy Argentina de siempre, gracias, Raquel
29 Abril 2006 | 12:29 PM