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COVABLOG, ARTÍCULOS DE COVADLO

SELECCIÓN DE ARTÍCULOS DE PRENSA E INÉDITOS DE LÁZARO COVADLO. (Este sitio se renueva con anárquica periodicidad. Se agradecerán los comentarios y casi todos serán bienvenidos... aunque la casa se reserva el derecho de admisión).

10 Abril 2006

IDENTIDAD E IMPOSTURA

En mayo de este año, merced a la investigación del historiador Benito Bermejo, la prensa reveló que un tal Enric Marco, presunto prisionero de los nazis en el campo de concentración de Flossenburg, había resultado un impostor y, a la postre, un insignificante cómplice del nazismo. El sujeto jamás había estado en campo de concentración alguno, en cambio había acudido a Alemania durante la guerra para colaborar a sueldo con la industria bélica germana. Gateando sobre las osamentas de miles de cadáveres, Marco acabó por lograr la presidencia de la Asociación Amical de Mauthausen, integrada por las víctimas españolas de los nazis y sus deudos.
Las imposturas más infernales, cuando se ejecutan con empeño y consiguen sostenerse en el tiempo suelen provocar la admiración de los narradores. Por eso Mario Vargas Llosa glosó el fraude de Marco en un extenso artículo. En su día Jorge Luis Borges escribió un admirable texto titulado El impostor inverosímil Tom Castro, basado en la peripecia de un carnicero con dichas señas que suplantó la identidad de Roger Charles Tichborne, aristócrata heredero de una cuantiosa fortuna que al naufragar en aguas del Atlántico desapareció para siempre. En 1866 Tom Castro se presentó ante la madre de Roger Charles y juró que era su hijo perdido. La mujer se obstinó en creer la versión del fantasma y a punto estuvo éste de alzarse con el grueso de la herencia familiar.
La impostura de Enric Marco y la de Tom Castro, además de suplantar filiaciones ajenas, tienen otro nexo que las emparienta: ambas se sostienen gracias al fenómeno que Freud reconoció como el “síntoma de la negación”, consistente en rechazar toda evidencia razonable cuando la misma contraría los más profundos anhelos de quienes prefieren vivir en el engaño. Tanto la madre del verdadero Roger Charles Tichborne, como la mayoría de los miembros de Amical de Mauthausen, se resistieron a aceptar que estaban siendo estafados.
Sobre la negación de la realidad mantienen la esperanza muchos moribundos y sus allegados, pero también los cornudos negadores, los que aman sin respuesta posible y quienes contra viento y marea sostienen cualquier causa o ideología que hace mucho perdió la sustancia original (1). El puntal de la negación suele ser la afirmación del mito. El mito identitario se construye con tales materiales (de segunda mano: patria, esencia, raza). Pero todo mito que pretenda invadir el mundo objetivo es una impostura contra la realidad. Así, cualquier falsa identidad resulta una impostura. Habrá que pensar si no es también impostura toda pretendida identidad, cualesquiera que esta sea. Habría que ver si es posible la existencia de una identidad que no constituya en última instancia mera simulación e impostura. Habrá asimismo que pensar si hay sitio en este mundo para un fenómeno real que responda a lo que llamamos identidad o si dicho término es sólo una entelequia entre tantas. Una entelequia que para implantarse requiera poner en marcha el mecanismo de negación de quienes están dispuestos a aceptar el rótulo del impostor identitario, sin importar que la etiqueta ponga “catalán”, “español”, “vasco”, “católico”, “seguidor del Real Madrid” o usuario de determinada marca de pantalones tejanos. Y si todo cambia en nosotros y en el universo; si es cierto que vamos transformándonos mental y físicamente y sin parar vamos haciéndonos y vamos moldeándonos para responder a los desafíos del medio y al imperio de las circunstancias, entonces, como en el verso de Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Así, como postuló Sartre, nunca podrá decirse de cualquier ser humano que “es”. Apenas se podrá afirmar que todo ser “va siendo”, de modo que el gerundio perderá validez a la hora de la muerte, cuando nada nuevo pueda añadirse a los hechos ciertos de cualquier existencia.
Pese a todo, ¿quién está dispuesto a vivir sin el ropaje de cualquier presunta identidad que pueda conferirle ante el mundo la ilusión de permanencia? Casi todas las personas se ocultan bajo una u otra máscara. Que “máscara” es, como bien sabemos, el concepto de “persona”. El significado de nuestra presencia en el medio social se halla siempre condicionado por dicha simulación. Por eso, cuando alguien pretende pasar inadvertido invariablemente camufla su propia máscara entre las de la multitud. Eso se conoce como el intento de evitar “significarse”. Contrariamente, cuando lo que se pretende es lograr protagonismo y significación social, el recurso es distorsionar el perfil de una determinada identidad: aquella que el hombre se fabrica (como Marco, como Castro, como Luis Roldán), o acentuar la que recibimos al nacer, como la pertenencia a una entidad nacional, a una iglesia, y, por qué no, a un club deportivo o a una familia de abolengo real o falso.
La falacia identitaria está destinada a la mirada ajena. Si hay una característica casi invariable, que presta verdadera entidad al ser humano y lo distingue de otras especies, sin duda es aquella que lo define como un ser cuya existencia se justifica por la mirada del otro. Ya a primera hora de la mañana, cuando nos lavamos y acicalemos ante el espejo, empezamos a fabricar la identidad del día; la máscara que hemos de presentar a la mirada del mundo; la impostura de turno. Esta construcción simbólica ciertamente admite grados, pero en mayor o menor medida los seres sociales vivimos para y por la consideración de nuestros semejantes.
Ahora bien, cuando se trata de identidades grupales resultará útil traer a colación la de los contrarios, los que no son de “los nuestros”. Es decir “los ajenos”, “los contrarios”, ya se trate de los enemigos de Cataluña o del pueblo vasco, los ateos o los eclesiásticos, los comunistas, los neoliberales o los extranjeros. Pocas cosas definen mejor nuestra pertenencia a un colectivo que la certeza de tener enfrente el bando de los adversarios. Distinto es el caso cuando el impostor identitario procura singularizarse. De encontrarse el sujeto en dicha tesitura —en estos tiempos de cruda masificación— deberá salir al escenario luciendo posturas o adornos más o menos exclusivos. Las posturas iconoclastas son muy adecuadas para este fin, pero también ciertas apariencias “diferenciadoras”. En el caso de los más jóvenes la imagen de singularidad se intenta por medio de los tatuajes, los piercings, los automóviles maqueados, determinados cortes de pelo o todo eso al mismo tiempo. Claro que a la postre el fenómeno conduce a un nuevo tipo de masificación. Los vicarios de las modas y los rectores del mercado conocen muy bien la tendencia y no ignoran que también los “singulares” buscan pertenecer a uno u otro grupo. El sentimiento de pertenencia está siempre vigente y nos recuerda cierta historieta en la que un sabio gurú intenta alejarse de sus seguidores en busca de la paz de las montañas. Los adeptos le ruegan que los lleve con él. «No es posible —responde el gurú—, soy un hombre solitario». «Nosotros también somos gente solitaria, maestro —claman los adeptos—, llévanos contigo»
La necesidad de sentirse integrado en alguna entidad está siempre vigente. Ciertas campañas publicitarias lo evidencian: “¿Eres de tal marca de teléfono o de tal otra?, pásate a la nuestra”. Dicho en otros términos, no se posee una línea telefónica de tal o cual compañía sino que se “es” poseído por ésta. Se pertenece a ella.
No debiera perderse de vista que cualquier identidad que se asuma intenta reforzar nuestra propia entidad. Si se quiere ser alguien, si se pretende imponer ante los otros nuestra existencia como entidad, parecerá necesario revestirse de una identidad. Por dicha causa es comprensible que muchos de aquellos que no están seguros de su propia entidad, que dudan de su significancia y teman parecer insignificantes, procuren revestirla con la coraza identitaria. Esto lleva al “yo soy”, que no sólo pregona la existencia del yo (siempre dudoso y siempre cambiante) sino también la del ser, porque con frecuencia no sólo nos presentamos ante los otros pregonando “una manera de ser”, sino que solemos hablar del otro trayendo a colación lo que aparentemente éste “es” (además de lo que tiene y de cuánto tiene). Yo soy. Yo soy alguien. ¿Y quién soy yo? Pues, yo soy marxista, yo soy hinduista; yo soy liberal; yo soy creyente; yo soy ateo. Yo tengo identidad.
Si buscamos la definición del término “identidad” encontraremos que nos lo presentan con características tautológicas: “calidad de idéntico”, señala el diccionario de la RAE. Pero, ¿quién puede ser siempre idéntico a sí mismo a través del tiempo y el espacio? Tal vez una buena presentación de la propia identidad es la que proclama el inefable protagonista de El secreto de Joe Gould, del extraordinario libro de Joseph Mitchell (Anagrama). Dice así:
“En invierno soy budista,
y en verano soy nudista”.

(1) Sobre el mismo tema . Ver mi artículo titulado "La negación"
Revista LATERAL (Barcelona) Noviembre 2005

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A barriga llena, corazón hambriento. A buen entendedor, no le hacen falta palabras. A cada cerdo le llega su Bolívar. A la tercera va cuarta. A quien madruga, Dios le hace pasar sueño y frío. A rey muerto, presidente puesto. Al mal tiempo, paraguas y chubasqueros. Ladran Sancho, se ve que no son gatos. Lo bueno, si breve, pues dos veces breve.

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