EL TEMOR Y EL DESEO
Estaba en la Plaza Real comiendo un falafel y me vi rodeado de palomas. No son muy abundantes en esta plaza, como en cambio sí proliferan en la de Catalunya. Sin embargo me rodearon las palomas y pienso que algún día me creeré san Francisco de Asís: al parecer atraigo a los animales. De toda clase, oiga. Claro que uno también siente atracción por los bichos vivientes, sin excluir los humanos, claro.
Decía que me rodearon las palomas y también es cierto que guardaban cierta distancia prudencial. Comenzaron a acercarse cuando empecé a tirarles trocitos de mi pita, que es como se denomina el pan árabe del falafel. Acortaban distancia con cautela, ya que los humanos somos poco de fiar y uno podría ser un energúmeno de los que les da por patearlas o hacerles cualquier daño, que tipos así también los hay. Yo simplemente les tiraba trocitos de pan y me complacía en ver como los engullían. Bebí el último sorbo de mi jarra y pedí otra cerveza y otro falafel. Cuando se presentó el camarero las palomas levantaron vuelo alborotadas; después volvieron a por más pan de falafel. Tiré los trozos más grandes a pocos centímetros de mis zapatos, pero la mayoría de las aves, desconfiadas, no venían a por ellos. Entendí que los deseaban, pero me temían. Este es el motor de la vida, me dije, y pensé que todos los seres vivientes entramos en acción o nos frenamos por mor del deseo y el miedo. Sístole y diástole. El palo y la zanahoria; premios y castigos: los sistemas dictatoriales conocen el mecanismo, o lo intuyen. Sí, el motor de la vida. Recordé las teorías de un economista seguidor de Buda: sostenía que la economía podría sanearse reduciendo los deseos humanos.
Algunas palomitas, las más audaces, se atrevieron y, en consecuencia, se hicieron con el botín. El que no arriesga no gana, me dije.
Pedí una tercera jarra y encendí un cigarrillo de esos tan especiales que suelo adquirir en la Plaza Real. Al aspirar profundamente el humo recordé que de jovencito fui a un baile de estudiantes y una muchacha preciosa no dejaba de mirarme. La deseé intensamente, y por eso mismo no me atreví a decirle nada: tenía miedo de salir rebotado. Así fue como perdí aquella oportunidad. Meses más tarde una amiga común me confió que aquella chica le había hablado de mí, y fue para opinar que aunque le había parecido interesante, por lo visto había resultado un pusilánime, pues no me había acercado a ella pese a todas las señales que me había enviado. El miedo había vencido al deseo y el que no arriesga no gana, claro que no.
Entre el temor y el deseo oscila la vida, así es el motor de la consciencia. Aspiré otra calada y evoqué estos versos del Tao-Te-Ching, de Lao-Tsé:
El favor y la desgracia son como el miedo; la fortuna y el desastre como nuestro cuerpo.
El favor es un privilegio y la desgracia un mal. Lo mismo al lograrlos que al perderlos permanecemos en el temor.
Moví el pie con brusquedad y las palomas se desbandaron.
EL MUNDO, 29 de octubre 2004

entendedor, no le hacen falta palabras. A cada cerdo le llega su Bolívar. A la tercera va cuarta. A quien madruga, Dios le hace pasar sueño y frío. A rey muerto, presidente puesto. Al mal tiempo, paraguas y chubasqueros. Ladran Sancho, se ve que no son gatos. Lo bueno, si breve, pues dos veces breve.