SI TUVIERA UNA PATRIA SERÍA LA DUCHA
Los aviones que aterrizan en el Prat con frecuencia llegan desde el sureste, en trayectoria paralela a la orilla del mar. Sobrevuelan Sitges y el macizo del Garraf, y algunos días claros, al volver desde cualquier punto de España u otras partes del mundo, pude ver desde las alturas el rojo tejado de mi casa. Es una sensación extraña la de encontrarse a unos kilómetros de altitud de las personas que quieres. Tú observas por la ventanilla el cuadradito bermellón, perdido en una suerte de hormiguero, y sabes que en ese reducido perímetro se hallan reunidos los tuyos. ¿Qué estarán haciendo en ese momento? Puede que mi mujer esté pintando, o leyendo una novela, mientras dos de mis hijos siguen aferrados a la consola de juegos. Acaso no hagan nada de eso, porque todo lo que no ves sólo está en tu imaginación. Si cualquiera de ellos mirara hacia el cielo no sabría que voy en el avión y miro hacia abajo sin distinguir detalles ni personas. Sólo imagino.
Allí debajo cohabitan y se mezclan (todavía en paz, y esperemos que sigan así) miembros de numerosas tribus. Puede que entre el gentío algún exaltado exhorte al boicot contra los que no son de su estirpe o, contra los que aun siéndolo no comulguen con sus ideales patrióticos; a hacerles la vida imposible; a divertirse hasta morir en una guerra a cara descubierta, a exterminarnos. Pero quiero creer que nada de eso sucederá. Me digo que no estamos en Ruanda, en 1994, y nunca llegará la hora de los machetes. Sin embargo, cuando veo que mi vecina de asiento hace la señal de la cruz momentos antes de aterrizar, pido en mi fuero interno que el sortilegio sirva también para conjurar la furia de los macheteros.
Sabedor de que me importa un bledo el tema de las preeminencias idiomáticas, un amigo me dice que la lengua es la patria de los escritores. Algo parecido sostuvo el gran Fernando Pessoa, pero no estoy de acuerdo. Para mí la lengua sirve sobre todo para gustar helados y, más que nada, llevar a cabo deliciosas procacidades con las personas que te atraen sexualmente, siempre que te correspondan. No soy patriota de ninguna patria, palabra que se me antoja algo obscena en vista de la sangre que se ha derramado en su nombre. De todos modos, si tuviera que elegir una patria, la mía sería la ducha, que es el lugar en el que nacen la mayoría de las historias que termino volcando al papel. Así se lo hice saber a mi amigo. Ahora, eso sí: jamás daría la vida por mi ducha.
El verano es tiempo verbenero, pero de noche yo salgo al jardín con un vaso de Jack Daniel’s y un cigarrillo de los míos. Me da por mirar las estrellas y pensar en lejanías; en potentes soles que desde nuestra pequeñez vemos como puntitos, a pesar de que irradian trillones de toneladas de energía. Viene mi mujer y prende la luz del jardín. Ya no veo las estrellas. Medito entonces sobre el fenómeno de que las luces débiles, pero cercanas, te impiden ver los grandes soles.
EL MUNDO, 8 de julio de 2005
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entendedor, no le hacen falta palabras. A cada cerdo le llega su Bolívar. A la tercera va cuarta. A quien madruga, Dios le hace pasar sueño y frío. A rey muerto, presidente puesto. Al mal tiempo, paraguas y chubasqueros. Ladran Sancho, se ve que no son gatos. Lo bueno, si breve, pues dos veces breve.
albert dijo
La ducha ? La patria de una persona es la cama y la gracia es ir cambiando de compratiota
19 Febrero 2006 | 04:16 PM