ESA CALAÑA ENCOPETADA

La primera vez que le vi, Bioy Casares cenaba con su mujer, Silvina Ocampo, en Angiola, un restaurante económico que servía buenos pescados y pasta. Angiola se encontraba bajo la Recova, entre Callao y Rodríguez Peña, donde el Buenos Aires bacan, el del dinero y la aristocracia, limita de noche con la urbe canallesca. Bioy, claro está, bajaba a pie desde la zona más bacana: residía a pocos pasos, en un piso de la calle Posadas (número 1650), que sumándolos da primero el 12 y finalmente el 3, me dijo en una ocasión: “La Trinidad y los Discípulos de Cristo”. Era agnóstico, pero le gustaban esos juegos. Antes vivió en una mansión de la avenida Quintana, 174 (siempre el 12 y el 3).
Fue por causa de esa procedencia social y geográfica, que quienes me acompañaban en mi mesa hablaron de él con términos despectivos. Bioy, las hermanas Ocampo (Silvina y Victoria), Borges y toda esa “calaña encopetada” monopolizaba la cultura nacional, dijeron ellos, que eran unos izquierdistas de pacotilla con revista literaria de un solo número y nula producción individual (hace tiempo que cayeron en el olvido). Pero Bioy hacía casi tres décadas que había publicado La invención de Morel, y yo lo admiraba.
No volví a verlo hasta dos años más tarde, cuando la publicación de Diario de la guerra del cerdo. Esa vez lo encontré en el bar La Biela y pese a saber que era tímido me acerqué a saludarlo. Me invitó a su casa, a la que entré una tarde de lluvia. Me mostró el único ejemplar que poseía de su primer libro: Prólogo. También me presentó a su mujer y a su única hija, Marta, ambas fallecieron a principios de los 90. El Angiola también desapareció

El Periódico, 10 de marzo de 1999
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