OBJETOS SEXUALES
Antes de ingresar en lo coyuntural vaya por delante una reflexión; un intento de que lo efímero y banal no enturbie el pensamiento subyacente. Arranco con Caballero Bonald, José Manuel: «Somos el tiempo que nos queda». Lo cité en un texto anterior, y, aunque título de libro de poesía, considero la frase, per se, como la exacta definición del Ser. Continúo con Borges, Jorge Luis: «El tiempo es la sustancia de que estoy hecho». (Nueva refutación del tiempo, Otras inquisiciones) Ya veremos cómo, estas abstracciones conectan por debajo, muy por debajo, casi a nivel de la red cloacal, con la anécdota de las chicas del Gobierno luciendo modelitos ante el frontispicio del Palacio de la Moncloa para solaz de las lectoras de una revista de modas. Así que dejamos ya la metafísica y entramos de lleno en la fugaz y tontorrona actualidad (aunque el hecho ya está huyendo de la actualidad), tal como exige Mercurio, dios de ladrones, comerciantes y mensajeros. O sea: periodistas.
En lo que atañe a este escriba, que las señoras ministras salgan fotografiadas en el Vogue, el Playboy o Mundo Canino, es cosa que se la suda, como dicen los chicos de ahora. Le importa un pimiento si tienen de fondo la Moncloa, el Partenón o el portal de un geriátrico (tal vez se me ocurre lo del geriátrico porque pienso que les queda menos tiempo por delante que cuando estaban en el llano, o que la sustancia del tiempo las está recocinando, como a todos).
Lo que este escriba no alcanza a comprender es la recriminación, por parte de progres y feministas (algunas, no todas), referente a que estas damas pudieran ser tomadas por objetos sexuales, tal que muñecas hinchables, vibradores o bolitas chinas. Porque digo yo, ¿qué tiene de malo ser objeto sexual? Qué más quisiera uno que ser objeto sexual, como Brad Pitt o Tom Cruise, pero es que pasados los sesenta se te pone difícil. Ya lo es después de los cincuenta, y gracias aún si se puede ser tomado como objeto sexual por la propia señora de uno, que ésta sí lo es para un servidor y no se queja, más bien lo contrario, y en todo caso (dice ella) se lamentaría si se diera la situación de una conocida, que como está sobrada de peso y le falta garbo, añora las concupiscentes miradas masculinas, por lo cual arguye que pasados los cuarenta una es invisible (el tiempo, el implacable paso del tiempo). ¿Invisible? Nadie es invisible fuera de la célebre ficción de H.G. Welles. Menos si el cuerpo es voluminoso, que interfiere más si cabe con las ondas de luz que impresionan los fotorreceptores de la retina. Así que algunas se quejan de ser objetos sexuales y otras de invisibilidad, y todo por causa de la erosión del tiempo, que corroe la sexualidad de cualquier pretérito objeto sexual. El tiempo, que según Borges es la sustancia de que estamos hechos. Ahora, yo creo que también nosotros somos la sustancia que hace al tiempo. Mediten.
¡Quién fuera objeto sexual! Reflexionen también sobre este deseo.
EL MUNDO 3/9/2004

entendedor, no le hacen falta palabras. A cada cerdo le llega su Bolívar. A la tercera va cuarta. A quien madruga, Dios le hace pasar sueño y frío. A rey muerto, presidente puesto. Al mal tiempo, paraguas y chubasqueros. Ladran Sancho, se ve que no son gatos. Lo bueno, si breve, pues dos veces breve.
cristina dijo
Todo excepto la invisibilidad (que allá está, agazapada, ya amenazando). Habrá que afilar la inteligencia a medida que el cuerpo se vuelve romo.
13 Enero 2006 | 04:50 PM