Me han contado que no hace mucho, en una clínica de México D. F., un paciente intentó amputarse los pies con una sierra de cortar metales. Cuando se lo impidieron les refirió a los psiquiatras su temor de que al dormirse lo atacaran los dedos. Al encontrarse descalzo, en la cama, el hombre tenía por costumbre observarlos largamente. Los veía contraerse y erguirse al unísono y no tenía conciencia de que tales movimientos partieran de su voluntad. Los espiaba como a una fila de feroces soldados formados por orden de estatura. Las uñas se le antojaban rostros amenazantes. El pequeño tamaño de esos seres extraños que vivían pegados al último extremo de su cuerpo no atenuaba la sensación de peligro. Eran animales ajenos a él; no pertenecían a su verdadero yo: eran parte de los otros.
Los otros son todos los demás. Son aquellos rostros desconocidos que nutren la multitud humana. Otro es aquel que se aproxima en la noche desde la dirección contraria, en una calle solitaria, y nos teme y nos induce a temer. Otros son los pasajeros que comparten con nosotros un viaje en tren, y aquel que reconocemos y saludamos también es otro, pero otro más cercano a nuestro yo. Más cercanos son nuestros compañeros de trabajo, y más todavía nuestros amigos, y nuestros parientes, pero también ellos son otros. Sólo yo no soy otro: lo sé al mirar mis extremidades, al tocarme, al observar mi imagen en el espejo. Es yo, no es otro, ¿o acaso hay también otro en mí? ¿La imagen del espejo da cuenta verdadera de mi yo? ¿El retrato de Dorian Gray lo representaba, o esa tela era tal vez otro?
Cuello de gatito negro es el título de un relato de Julio Cortázar en el que una muchacha padece su propio problema con los dedos. A diferencia del enfermo de México, estos dedos son los de la mano. Las manos poseen su particular intencionalidad, ajena a los mecanismos volitivos de Dina, la chica del metro, que al ver cómo sus dedos van al encuentro de la mano de un extraño que aferra la suya al mismo pasamano, no puede menos que quejarse: «Es siempre así, no se puede con ellas». Las manos le son ajenas. Son otras.
El infierno son los otros, pero, ¿cabe la posibilidad de que el otro anide en nuestro interior?, ¿que una parte de nuestro ser haya sido invadida por una suerte de íncubo o súcubo o cualquier otro grotesco invento de la fantasía? Algo de eso surge de El malestar en la cultura, de Freud, y todas esas teorías acerca de “el doble”, “la sombra”, la co-habitación y demás. Sin embargo, como escritor de ficciones prefiero tomar distancia de tales lecturas contaminantes, no porque descrea de las teorías que ellas enuncian, sino por el hecho de que las pautas del discurso conceptual, derivado de las mentes más agudas, suele entorpecer el ímpetu de la propia creatividad. Prefiero observar los indicios de desdoblamiento en mi propia conciencia y en la conducta de aquellos con quienes me cruzo en esta vida. Escucho los alterados y confusos parlamentos de los vagabundos callejeros, sus peroratas aparentemente inspiradas en una razón ajena a la de la mayoría, casi todos ellos alcoholizados y huraños. Los observo gesticular, discutir a grandes voces con un interlocutor invisible al que dedican duros insultos y maldiciones. ¿Qué ofensas les recriminan a esos fantasmas que habitan en el pasado y residen en el interior de la conciencia? ¿Quiénes son aquellos otros que todos llevamos con nosotros? ¿Son amigos o enemigos de otro tiempo? ¿Son familiares: hermanos, padres? ¿Algún amor desdichado? ¿Cómo puede ser que se hayan enganchado a la memoria para incordiar, como un chicle pegado a la suela del zapato? ¿Son los otros o son parte de nuestro ser?
El infierno son los otros, proclama Sartre por boca de uno de sus personajes en la obra teatral A puerta cerrada. Lo descubre Garcin, el cobarde que finge ser valiente. Antes de eso otro personaje, Inés, manifiesta: «el verdugo es cada uno de nosotros para los otros».
¿Somos todos verdugos reales o potenciales? ¿Son aquellos con los que convivimos nuestros verdugos probables?
El infierno son los otros; el infierno es la mirada del otro, que supedita tus actos, los reprueba, los aplaude, los menosprecia. La física cuántica enseña que en el plano microcósmico la mirada del observador condiciona la conducta del objeto observado. ¿La mirada ajena gobierna nuestras acciones al igual que el pastor conduce el ganado al corral? Pero el otro, salvo para los insanos como el automutilador de México D.F, por lo común está fuera del cuerpo. ¿Quién es el otro? ¿Quién es yo? Porque si mi yo es mi cuerpo, si mi amputan un miembro soy menos yo. ¿Es mi yo también las prolongaciones del cuerpo? ¿Son mis gafas partes de mi yo?, ¿lo es el nuevo implante dental? ¿Y el teléfono móvil?, ¿y qué de mi nuevo ordenador, con el que comparto tantas horas de mi vida? ¿Dónde acaba mi yo y empieza el otro? ¿Mi mujer es el otro por tener su propio cuerpo, independiente del mío? ¿Qué pasa cuando nuestros cuerpos se funden, se abrazan, se ensamblan y se mezclan los jugos más íntimos? ¿Sigo siendo el otro para la otra, sigue la otra siendo otra para mí? ¿Cuál es la gradación que determina la alteridad? Porque podría pensar que los extranjeros son los otros y los propios son menos otros; pero podría suceder a la inversa, y en último extremo, a fuer de hallar los otros en cualquier sitio, al igual que el demente de México podría llegar a creer que parte de mi cuerpo me es hostil. ¿Es el vasco el otro? ¿Lo es el catalán, lo es el moro? ¿Está el otro en mi interior como esa sombra, como ese doble al que se refiere el psicoanálisis? El otro es mister Hyde, el otro es el doctor Jekyl, o como en la película de Amenabar, los otros son los vivos para los muertos y los muertos para los vivos.
El infierno son los otros. Y también el cielo, que puede estar en la mirada del otro: del que te ama, del que se complace en la visión de tu cuerpo y de tu rostro. Es la mirada buscada: «Mírame mamá», reclama el niño, ansioso de que la madre sea testigo de sus hazañas. La mirada del otro, benévola o amenazante, admirativa o asqueada, llena de deseo o cargada de rencor, es la mirada que confirma que estás vivo.
EL MUNDO, 15 de octubre de 2004
Estaba en la Plaza Real comiendo un falafel y me vi rodeado de palomas. No son muy abundantes en esta plaza, como en cambio sí proliferan en la de Catalunya. Sin embargo me rodearon las palomas y pienso que algún día me creeré san Francisco de Asís: al parecer atraigo a los animales. De toda clase, oiga. Claro que uno también siente atracción por los bichos vivientes, sin excluir los humanos, claro.
Decía que me rodearon las palomas y también es cierto que guardaban cierta distancia prudencial. Comenzaron a acercarse cuando empecé a tirarles trocitos de mi pita, que es como se denomina el pan árabe del falafel. Acortaban distancia con cautela, ya que los humanos somos poco de fiar y uno podría ser un energúmeno de los que les da por patearlas o hacerles cualquier daño, que tipos así también los hay. Yo simplemente les tiraba trocitos de pan y me complacía en ver como los engullían. Bebí el último sorbo de mi jarra y pedí otra cerveza y otro falafel. Cuando se presentó el camarero las palomas levantaron vuelo alborotadas; después volvieron a por más pan de falafel. Tiré los trozos más grandes a pocos centímetros de mis zapatos, pero la mayoría de las aves, desconfiadas, no venían a por ellos. Entendí que los deseaban, pero me temían. Este es el motor de la vida, me dije, y pensé que todos los seres vivientes entramos en acción o nos frenamos por mor del deseo y el miedo. Sístole y diástole. El palo y la zanahoria; premios y castigos: los sistemas dictatoriales conocen el mecanismo, o lo intuyen. Sí, el motor de la vida. Recordé las teorías de un economista seguidor de Buda: sostenía que la economía podría sanearse reduciendo los deseos humanos.
Algunas palomitas, las más audaces, se atrevieron y, en consecuencia, se hicieron con el botín. El que no arriesga no gana, me dije.
Pedí una tercera jarra y encendí un cigarrillo de esos tan especiales que suelo adquirir en la Plaza Real. Al aspirar profundamente el humo recordé que de jovencito fui a un baile de estudiantes y una muchacha preciosa no dejaba de mirarme. La deseé intensamente, y por eso mismo no me atreví a decirle nada: tenía miedo de salir rebotado. Así fue como perdí aquella oportunidad. Meses más tarde una amiga común me confió que aquella chica le había hablado de mí, y fue para opinar que aunque le había parecido interesante, por lo visto había resultado un pusilánime, pues no me había acercado a ella pese a todas las señales que me había enviado. El miedo había vencido al deseo y el que no arriesga no gana, claro que no.
Entre el temor y el deseo oscila la vida, así es el motor de la consciencia. Aspiré otra calada y evoqué estos versos del Tao-Te-Ching, de Lao-Tsé:
El favor y la desgracia son como el miedo; la fortuna y el desastre como nuestro cuerpo.
El favor es un privilegio y la desgracia un mal. Lo mismo al lograrlos que al perderlos permanecemos en el temor.
Moví el pie con brusquedad y las palomas se desbandaron.
EL MUNDO, 29 de octubre 2004
Al controvertido Bill Clinton lo han oído citar párrafos intégros de Faulkner. Ciertamente, hay y hubo estadistas cultos en varios países. Los checos tienen al dramaturgo Václav Havel, que es un presidente de lujo; los venezolanos tuvieron a Rómulo Gallegos y los argentinos a Bartolomé Mitre, que tradujo La divina comedia; también a Domingo Faustino Sarmiento, autor del Facundo. El actual presidente Menem, en cambio, tiene fama de iletrado. Le preguntaron por sus autores preferidos y citó a Sócrates, de quien no se sabe que hubiera escrito nada. A fin de acotar el campo le preguntaron sobre sus novelistas predilectos: nombró a Borges. Como casi todos saben, Borges jamás escribió una novela.
EL PERIÓDICO, Barcelona, 5 de mayo 2000
En mayo de este año, merced a la investigación del historiador Benito Bermejo, la prensa reveló que un tal Enric Marco, presunto prisionero de los nazis en el campo de concentración de Flossenburg, había resultado un impostor y, a la postre, un insignificante cómplice del nazismo. El sujeto jamás había estado en campo de concentración alguno, en cambio había acudido a Alemania durante la guerra para colaborar a sueldo con la industria bélica germana. Gateando sobre las osamentas de miles de cadáveres, Marco acabó por lograr la presidencia de la Asociación Amical de Mauthausen, integrada por las víctimas españolas de los nazis y sus deudos.
Las imposturas más infernales, cuando se ejecutan con empeño y consiguen sostenerse en el tiempo suelen provocar la admiración de los narradores. Por eso Mario Vargas Llosa glosó el fraude de Marco en un extenso artículo. En su día Jorge Luis Borges escribió un admirable texto titulado El impostor inverosímil Tom Castro, basado en la peripecia de un carnicero con dichas señas que suplantó la identidad de Roger Charles Tichborne, aristócrata heredero de una cuantiosa fortuna que al naufragar en aguas del Atlántico desapareció para siempre. En 1866 Tom Castro se presentó ante la madre de Roger Charles y juró que era su hijo perdido. La mujer se obstinó en creer la versión del fantasma y a punto estuvo éste de alzarse con el grueso de la herencia familiar.
La impostura de Enric Marco y la de Tom Castro, además de suplantar filiaciones ajenas, tienen otro nexo que las emparienta: ambas se sostienen gracias al fenómeno que Freud reconoció como el “síntoma de la negación”, consistente en rechazar toda evidencia razonable cuando la misma contraría los más profundos anhelos de quienes prefieren vivir en el engaño. Tanto la madre del verdadero Roger Charles Tichborne, como la mayoría de los miembros de Amical de Mauthausen, se resistieron a aceptar que estaban siendo estafados.
Sobre la negación de la realidad mantienen la esperanza muchos moribundos y sus allegados, pero también los cornudos negadores, los que aman sin respuesta posible y quienes contra viento y marea sostienen cualquier causa o ideología que hace mucho perdió la sustancia original (1). El puntal de la negación suele ser la afirmación del mito. El mito identitario se construye con tales materiales (de segunda mano: patria, esencia, raza). Pero todo mito que pretenda invadir el mundo objetivo es una impostura contra la realidad. Así, cualquier falsa identidad resulta una impostura. Habrá que pensar si no es también impostura toda pretendida identidad, cualesquiera que esta sea. Habría que ver si es posible la existencia de una identidad que no constituya en última instancia mera simulación e impostura. Habrá asimismo que pensar si hay sitio en este mundo para un fenómeno real que responda a lo que llamamos identidad o si dicho término es sólo una entelequia entre tantas. Una entelequia que para implantarse requiera poner en marcha el mecanismo de negación de quienes están dispuestos a aceptar el rótulo del impostor identitario, sin importar que la etiqueta ponga “catalán”, “español”, “vasco”, “católico”, “seguidor del Real Madrid” o usuario de determinada marca de pantalones tejanos. Y si todo cambia en nosotros y en el universo; si es cierto que vamos transformándonos mental y físicamente y sin parar vamos haciéndonos y vamos moldeándonos para responder a los desafíos del medio y al imperio de las circunstancias, entonces, como en el verso de Neruda, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”. Así, como postuló Sartre, nunca podrá decirse de cualquier ser humano que “es”. Apenas se podrá afirmar que todo ser “va siendo”, de modo que el gerundio perderá validez a la hora de la muerte, cuando nada nuevo pueda añadirse a los hechos ciertos de cualquier existencia.
Pese a todo, ¿quién está dispuesto a vivir sin el ropaje de cualquier presunta identidad que pueda conferirle ante el mundo la ilusión de permanencia? Casi todas las personas se ocultan bajo una u otra máscara. Que “máscara” es, como bien sabemos, el concepto de “persona”. El significado de nuestra presencia en el medio social se halla siempre condicionado por dicha simulación. Por eso, cuando alguien pretende pasar inadvertido invariablemente camufla su propia máscara entre las de la multitud. Eso se conoce como el intento de evitar “significarse”. Contrariamente, cuando lo que se pretende es lograr protagonismo y significación social, el recurso es distorsionar el perfil de una determinada identidad: aquella que el hombre se fabrica (como Marco, como Castro, como Luis Roldán), o acentuar la que recibimos al nacer, como la pertenencia a una entidad nacional, a una iglesia, y, por qué no, a un club deportivo o a una familia de abolengo real o falso.
La falacia identitaria está destinada a la mirada ajena. Si hay una característica casi invariable, que presta verdadera entidad al ser humano y lo distingue de otras especies, sin duda es aquella que lo define como un ser cuya existencia se justifica por la mirada del otro. Ya a primera hora de la mañana, cuando nos lavamos y acicalemos ante el espejo, empezamos a fabricar la identidad del día; la máscara que hemos de presentar a la mirada del mundo; la impostura de turno. Esta construcción simbólica ciertamente admite grados, pero en mayor o menor medida los seres sociales vivimos para y por la consideración de nuestros semejantes.
Ahora bien, cuando se trata de identidades grupales resultará útil traer a colación la de los contrarios, los que no son de “los nuestros”. Es decir “los ajenos”, “los contrarios”, ya se trate de los enemigos de Cataluña o del pueblo vasco, los ateos o los eclesiásticos, los comunistas, los neoliberales o los extranjeros. Pocas cosas definen mejor nuestra pertenencia a un colectivo que la certeza de tener enfrente el bando de los adversarios. Distinto es el caso cuando el impostor identitario procura singularizarse. De encontrarse el sujeto en dicha tesitura —en estos tiempos de cruda masificación— deberá salir al escenario luciendo posturas o adornos más o menos exclusivos. Las posturas iconoclastas son muy adecuadas para este fin, pero también ciertas apariencias “diferenciadoras”. En el caso de los más jóvenes la imagen de singularidad se intenta por medio de los tatuajes, los piercings, los automóviles maqueados, determinados cortes de pelo o todo eso al mismo tiempo. Claro que a la postre el fenómeno conduce a un nuevo tipo de masificación. Los vicarios de las modas y los rectores del mercado conocen muy bien la tendencia y no ignoran que también los “singulares” buscan pertenecer a uno u otro grupo. El sentimiento de pertenencia está siempre vigente y nos recuerda cierta historieta en la que un sabio gurú intenta alejarse de sus seguidores en busca de la paz de las montañas. Los adeptos le ruegan que los lleve con él. «No es posible —responde el gurú—, soy un hombre solitario». «Nosotros también somos gente solitaria, maestro —claman los adeptos—, llévanos contigo»
La necesidad de sentirse integrado en alguna entidad está siempre vigente. Ciertas campañas publicitarias lo evidencian: “¿Eres de tal marca de teléfono o de tal otra?, pásate a la nuestra”. Dicho en otros términos, no se posee una línea telefónica de tal o cual compañía sino que se “es” poseído por ésta. Se pertenece a ella.
No debiera perderse de vista que cualquier identidad que se asuma intenta reforzar nuestra propia entidad. Si se quiere ser alguien, si se pretende imponer ante los otros nuestra existencia como entidad, parecerá necesario revestirse de una identidad. Por dicha causa es comprensible que muchos de aquellos que no están seguros de su propia entidad, que dudan de su significancia y teman parecer insignificantes, procuren revestirla con la coraza identitaria. Esto lleva al “yo soy”, que no sólo pregona la existencia del yo (siempre dudoso y siempre cambiante) sino también la del ser, porque con frecuencia no sólo nos presentamos ante los otros pregonando “una manera de ser”, sino que solemos hablar del otro trayendo a colación lo que aparentemente éste “es” (además de lo que tiene y de cuánto tiene). Yo soy. Yo soy alguien. ¿Y quién soy yo? Pues, yo soy marxista, yo soy hinduista; yo soy liberal; yo soy creyente; yo soy ateo. Yo tengo identidad.
Si buscamos la definición del término “identidad” encontraremos que nos lo presentan con características tautológicas: “calidad de idéntico”, señala el diccionario de la RAE. Pero, ¿quién puede ser siempre idéntico a sí mismo a través del tiempo y el espacio? Tal vez una buena presentación de la propia identidad es la que proclama el inefable protagonista de El secreto de Joe Gould, del extraordinario libro de Joseph Mitchell (Anagrama). Dice así:
“En invierno soy budista,
y en verano soy nudista”.
(1) Sobre el mismo tema . Ver mi artículo titulado "La negación"
Revista LATERAL (Barcelona) Noviembre 2005
Bernard Boursicot, contable de la embajada francesa en China, fue juzgado en París, a mediados de la década de los ochenta por entregar información secreta a su amante, una bailarina de la Ópera de Pekín. Pero la bailarina era bailarín. En lugar de obrar el amor cara a cara, su compañero/a sentimental (como se dice ahora) le ofrecía generosamente la espalda. Toda la espalda, desde la nuca hasta la zona en que la anatomía se bifurca en dos muslos. Allí, en el oscuro y cálido eje de la bifurcación, la mitad de nuestra especie está provista de un par de desfiladeros, cada uno con diferente especialidad. El bueno de Boursicot introducía su lanza de amor por la rambla destinada a descomer, que para muchos humanos es también fuente de inefables placeres, ¿por qué no?, pero nunca estuvo relacionada con la reproducción humana. Para esto último debe hacerse servir el cauce de acceso frontal, y el cándido contable francés quería creer que era allí donde ponía en remojo su ardiente pértiga. Lo creía o deseaba creerlo, hasta el punto de aceptar como suyo el niño que la/él intérprete de Madame Butterfly le puso en sus brazos en 1975. Se llamaba Shi Peipu (no el niño: el agente chino), y llegó a Francia, en calidad de cónyuge de Boursicot, en 1982. Cuando ambos fueron detenidos por espías el contable aseguró que había sido engañado. ¿Lo engañaron o quiso dejarse engañar? Está claro que este suceso esperpéntico, que rescató el cine en la memorable película de David Cronenberg, Madame Butterfly (1993, véanla, no tiene desperdicio, actúa Jeremy Irons), es un caso patente de lo que Sigmund Freud denominó “síndrome de negación”. La negación, se llama el texto clásico del sabio judeo-austriaco, que posteriormente Anna, su hija, incluyó entre los mecanismos de defensa (gracias, Jorge Alemán, ensayista y psicólogo residente en Madrid, por la valiosa información).
Parte del artículo publicado en EL MUNDO, 10 de enero de 2003
“No otorgarme el Premio Nobel se ha convertido en una tradición escandinava: desde que nací no me lo vienen dando”, dijo Jorge Luis Borges, allá por 1976. El autor de El Aleph con frecuencia se valía del humor para afrontar las situaciones que lo divertían -o lo comprometían-. Lo cierto es que ese mismo año, en lo más crudo de la dictadura de Pinochet, el escritor argentino disertó en una Universidad chilena y en su discurso no dejó de elogiar a los militares golpistas chilenos y argentinos. Se cree que ese día Borges desaprovechó, para siempre, la oportunidad de ganar el preciado galardón, que en el orbe literario se equipara con la dinamita, el invento del siglo XIX que posibilitó a Alfred Nobel establecer el legado que lo instituyó.
Pero las inclinaciones políticas normalmente no orientan el criterio de la Academia Sueca. No hay parcialidad y sí, tal vez, aleatoriedad: Camilo José Cela, que ganó el Nobel en 1989, había participado con entusiasmo en el bando Nacional (¿recuerdan su cólera por la tardanza en recibir el Cervantes y su declaración de que se trataba de un premio “lleno de mierda”? Cuando un año después le fue concedido el “fétido” honor, faltaron a la preceptiva ceremonia los anteriores galardonados).
Pareciera que una suerte de alternancia pendular determina la concesión del Premio Nobel. En 1957 lo obtuvo Albert Camus, que se encontraba lejos de la izquierda oficial. El siguiente recayó sobre Boris Pasternak, para disgusto del poder soviético. Sólo seis años más tarde llegó la compensación ideológica al ser elegido Jean Paul Sartre, quien lo rechazó. Así que el otro año le tocó a un autor del “aparato”: Mijail Sholojov (antes Premio Stalin). Sus novelas más conocidas El Don apacible y Campos roturados, ostentan una mediocridad colosal (valga la contradicción). Después el péndulo se aceleró, pues el ulterior laureado fue el disidente soviético Alexandr Solzhenistsin. No importa: el otro año le tocó al poeta comunista Pablo Neruda(que nunca fue mediocre). En 1982 lo recibió Gabriel García Márquez (izquierda), pero en el 84 el poeta checo Jaroslav Seifert, que se opuso a la invasión de su país por las fuerzas del Pacto de Varsovia, y en el 87 a Joseph Brodsky, exiliado soviético nacionalizado estadounidense. En el 97 y el 98 fueron galardonados -sucesivamente- Darío Fo y José Saramago, ambos comunistas; en el 2000 el exiliado chino antimaoísta Gao Xingjan, y el año pasado el húngaro judío Imre Kertesz, que la pasó fatal durante la dominación nazi y, en menor medida, la comunista.
Hubo un Premio Nobel filonazi, Knut Hamsun, que lo recibió en 1920, pero entonces Hitler era desconocido y las manifestaciones políticas del escritor noruego tuvieron lugar quince años después: ya no podía remediarse.
Este año, seguramente volverán a producirse los habituales cuestionamientos (todavía se debate la “injusticia” de que no se le concediera el Nobel a León Tolstoi o a Kafka, aunque éste murió antes de hacerse conocido). En el ámbito hispano sucederá más de lo mismo cuando se pronuncien los jurados de los próximos premios Planeta, Nadal, Cervantes, Príncipe de Asturias, etcétera.
La primera acepción de la voz “premio” indica que se trata de una “recompensa, galardón o remuneración que se da por algún mérito o servicio”, pero la quinta nos dice que es una “recompensa que se otorga en rifas, sorteos o concursos”. Al igual que con los premios de la Once o la Lotería Nacional.
¿No se asentará también sobre el azar el criterio que orienta la elección de los premios literarios?
Revista QUÉ LEER, Octubre 2003
En Celebrity, la última de Woody Allen, Kenneth Branagh interpreta un escritor frustrado que sueña con la fama mientras intenta pergeñar una novela sobre esta sociedad alienada por el éxito. No lo consigue, pero otro escritor, éste sí notorio, y además con Premio Nobel, publica algo parecido y propone un mundo de famosos. En Celebrity todos quieren ser famosos... vamos, como en la vida misma. ¿Y por qué no? Lo cierto es que en España la nómina de celebridades es pobrísima. No tengo estadísticas a mano, pero sospecho que ni siquiera un 90 por ciento del personal ha alcanzado la fama. ¡Qué subdesarrollo! Es hora de encarar el problema: un diez por ciento de seres anónimos en una población de 40 millones es demasiado anonimato.
La fama está mal repartida: hay que socializarla. Acabo de medir los centímetros que dedica El Periódico a un personaje del espectáculo y multiplicándolos por el número de ejemplares del día (en catalán y castellano) me salen unas cien hectáreas: de sobra para instalar una gran casa de campo con huerto, piscina y mucha hacienda, en tanto que algunos pobres diablos apenas cuentan con espacio para montar una barraquita de mala fama en la que habitar su nula reputación. ¡Pandilla de conformistas! A todo aquel que por desidia, desgana o falso pudor rehuyera la notoriedad, debería señalársele, para escarmiento, en las páginas de los diarios, las revistas y la tele. Que las personas honradas sepan que se trata de un ser anónimo y todos exclamen «¡Qué vergüenza, es un no famoso!»
EL PERIÓDICO (BARCELONA)
19 de marzo de 1999
Si en este país alguien sabe mucho sobre la vida de Buenaventura Durruti y la historia del anarquismo español, ese es Rai Ferrer. Su libro, titulado precisamente Durruti, editado en 1985 por la colección Espejo de España, de la editorial Planeta, hace tiempo que está agotado. Es una lástima, porque se trata de un trabajo muy jugoso, documentado con rigor y de fácil lectura. Tengo un ejemplar porque Rai me lo prestó cuando lo visité en su piso de la calle Provenza, frente a esa cárcel que en tiempos alojó a tantos anarquistas y opositores a las dictaduras de Primo de Rivera y después a los de cierto general con bigotito y pancita cuyo nombre no consigo recordar. Decía que Rai me prestó ese hermoso libro, tan bellamente ilustrado por él mismo, y lo hizo respondiendo a mis ruegos y promesas de segura devolución, lo cual ahora me pone en un doloroso brete, pues casi siempre devuelvo los libros que me prestan, así como exijo que se me restituyan los que doy en préstamo, aunque para evitar rupturas amistosas suelo tener por norma no incurrir en semejantes prácticas, aunque no me importa dejar algún dinero a los amigos que lo necesiten, o el coche y también la bici... y si fuera el caso las plantas del balcón, pero libros, ¡no! Libros no, ¡por favor! No los presto ni pido que me los presten, pero en este caso la situación es diferente, ya que necesitaba la obra de Rai para mi artículo y ahora que me prendé de ella no sé qué hacer, y ese es el brete al que me refería: ¿Podré llegar a convertirme en un delincuente de la no-devolución? ¿Seré capaz de sacrificar mi amistad con el autor a cambio de la posesión del ejemplar? No sé qué pensarán, queridos lectores, pero les aseguro que a ustedes también les costaría desprenderse de este libro en el que además de la historia del anarquista Durruti se nos presenta la de España y el movimiento obrero, desde finales del siglo XIX hasta la Guerra Civil, y por sus páginas vemos desfilar a Bakunin y Pablo Iglesias; Alfonso XIII, Sagasta, Cánovas y su ejecutor Miguel Angiolillo. Y claro, no podían faltar Anselmo Lorenzo, Fermín Salvaochea y Ferrer i Guàrdia. También hombres de acción, como el alsaciano Ravachol y el “héroe-bandido” Jules Bonnot. Pero para hombres de acción quiénes mejor que el propio Durruti, y su compañero en tantas refriegas, Francisco Ascaso. Hay aquí asaltos a mano armada, llamados “expropiaciones”; atentados; cárceles; fugas y, por último, la nefasta Guerra Civil Española. Es un libro que huele a papel, pero podría oler a pólvora y sangre.
Pero también es este un libro muy bien ilustrado en todas sus páginas, porque además de escritor e historiador, Rai Ferrer es un artista de la ilustración y tiene muy buena mano para los dibujos, collages y fotomontajes. Javier Tomeo, de quien Rai ilustró las portadas de sus últimos libros, editados por Anagrama, reconoce haber aprendido mucho de él en el campo de la semántica visual. Así lo pone por escrito en el catálogo de la obra de Rai Ferrer, recientemente editada por el ayuntamiento de Burgos. Lo cual nos lleva a señalar que Burgos fue la provincia en que nació, allá por 1942. Siete años más tarde emigró a Barcelona, con su madre y su hermana y fue en la capital de Cataluña donde construyó su vida. De niño, durante su estancia en el hospital, para curarse de una enfermedad pulmonar, Rai hizo sus primeras lecturas de Julio Verne. También sus primeros pasitos como dibujante. Más tarde vendrían las tardes de cine. Ese entusiasmo por la aventura, el dibujo y el cine, a la hora de buscar trabajo, lo llevan a la Editorial Bruguera. Pero Rai Ferrer es un autodidacto de todo lo que sabe, que son muchas cosas, y tengo para mí que pertenece al club de aquellos que, lo que no sabemos hacer, lo aprendemos haciéndolo. Lo importante es que hizo muchas cosas, por ejemplo películas. También fue director del semanario Strong, escribió un libro titulado La novela policíaca y otro que se llama La novela de aventuras, incursionó en las desaparecidas revistas de humor El Papus y Por Favor y fundó el colectivo de creaciones gráficas Onomatopeya. Todo esto no le hizo olvidar el relato de su madre, que presenció el entierro del héroe anarquista una tarde fría del otoño de 1936. Ese recuerdo transferido lo llevó a pergeñar un libro tan interesante, pero tan interesante, que ahora no sé si devolvérselo o quedarme con él y, en el mejor estilo libertario, decirle a su dueño y autor que se trata de una expropiación.
EL MUNDO (Barcelona)
5 de julio de 2002
www.lacoctelera.com/covadlo
www.covadlo.com